Un masaje muy esperado

Una masajista travesti

Cristina es una travesti preciosa. Nos conocíamos des de hacía unas semanas. Los dos coincidamos en un bar cerca de mi casa a la hora del desayuno. Yo iba de vez en cuando a ese bar porque me venia de paso. Des de que la vi a ella me había convertido en cliente habitual.

Cogiendo confianza poco a poco

Al principio me limitaba observarla des de mi mesa, pero con el paso de los día, con a escusa de que eramos cliente habituales empece a saludarla y cruzar alguna palabras con ella. Fue entonces cuando me di cuenta que era transexual. De no haber sido por el tono de su voz no me habría percatado, ya que por lo demás era de lo más femenina. Para mi sorpresa, no me importo en absoluto que cuera travesti. La encontraba preciosa y seo hizo despertar mi curiosidad y que aun me sintiera más atraído por ella.

Me había contado que trabajaba de masajista cerca de allí, en Lady Julia Travestis Barcelona. ¿Un centro de masajes de travestis? pensé yo… ¡Que maravilla! Frecuentemente me decia «Ven un día y te haré un masaje que no olvidarás…». Pero yo siempre encontraba una escusa. Lo cierto es que me moría de ganas, pero no me atrevía.

Una visita sorpresa en Lady Julia

Pero un día sin decirle nada antes llame a Lady Julia y reserve una sesión de masaje con ella. Legué al local al mediodía, llamé, entré y me senté en un sillón que había en la salita, al momento apareció ella tras una puerta. Sonrió.

– ¡Menos mal que te dejas caer por aquí! – Mientras decía esto, se acercó y nos dimos un par de besos en las mejillas.

– Bueno, hoy tengo el día bastante flojo de trabajo y me he decidido.

– De acuerdo. Sabía que tarde temprano aparecerías por aquí. ¡Que bien!

– Espera un momento, en seguida estoy contigo.

Mi deseo iba en aumento

Entonces ella entró en la habitación de la que había salido dejando la puerta abierta. Se sentó en su mesa de escritorio y puso atención a la pantalla del ordenador. Desde mi posición podía verla, me encantaba mirarla. Su cabello castaño recogido en una grácil coleta, dos pendientes de aro que daban paso a su estilizado cuello, una bata blanca escotada que dejaba entrever unos buenos pechos, he de decir que redondos y firmes. Unos pantalones blancos ajustados y sus maravillosos pies, envueltos en unas finas medias negras y calzados en unos zuecos blancos.

Creo que ella se había dado cuenta hace tiempo de mi atracción por qué normalmente aprovechaba cuando estaba yo para descalzarse o jugar con los zapatos. Como estaba haciendo ahora mismo. Sacaba un pie del zueco y lo paseaba por el gemelo de la otra pierna, lo volvía a calzar y repetía la operación con el otro. Sus plantas se intuían tersas y suaves, sus talones redondeados y rosados, sus dedos perfectos y siempre con una pedicura francesa que hacía que se vieran irresistibles. Me excitaba sobremanera la situación.

Sus labios carnosos con un toque de carmín, retenían un lápiz entre ellos y sus ojos oscuros pintados con un poco de rimel me miraban furtivamente de vez en cuando. Yo estaba comenzando a excitarme, cosa que no era buena antes de empezar una sesión de masaje…

Por fin mi sesión de masaje

La espera duró unos minutos. Cerró su portátil y se acercó a mi.

– ¿Pasamos?

La seguí por un pasillo, el vaivén de sus nalgas, la visión de las plantas de sus pies separarse de los zuecos al caminar y el bamboleo de sus pendientes era una visión demasiado excitante como para que mi verga no comenzara a hincharse levemente.

Llegamos a una habitación, me dio una toalla y unas zapatillas desechables.

– Puedes ducharte aquí, tómate tu tiempo, no espero a nadie hasta la tarde, cuando termines te tumbas boca abajo en la camilla, yo voy a prepararme y ahora vengo.

Una ducha y una paja

Asentí y cuando cerró la puerta comencé a desnudarme y meterme en la ducha que había en la misma habitación. No pude más que comenzar a jugar con mi polla, estaba demasiado caliente y no quería ruborizarme ante ella, así que me hice una señora paja fantaseando con ella. Cuando terminé, me sequé y me tumbe en la camilla como ella me había dicho. No estaba seguro si debía estar desnudo, por lo que aproveché la pequeña toalla para taparme el trasero.

Al rato, entró en la habitación, bajo la luz, y comenzó a sonar una música relajante.

– Esta toalla está húmeda. – Me dijo antes de retirarla y colocar otra seca en su lugar. – Ahora quiero que te relajes lo mejor que puedas.

Poco a poco iba relajándome

Asentí con la cabeza metida en el agujero de la camilla, y Cristina comenzó a palpar mi espalda en busca de contracturas. Acto seguido un chorro de líquido caliente y viscoso resbaló entre mis omoplatos y noté sus manos comenzar a ejercer presión en diferentes puntos de mis lumbares.

Estaba relajándome bastante, dejé mis brazos colgando a los lados de la camilla, ella seguía con el masaje, lento, preciso, delicioso.

Se acercó hasta mi cabeza, y entonces ocurrió algo que me hizo despertar de mi letargo, al pasar por mi lado, sus muslos rozaron con el reverso de mi mano, allí me dí cuenta de que no llevaba los pantalones, pude sentir la suavidad de las medias y la robustez de su pierna. Fue algo casual, nada premeditado, pero eso aún hizo que empezara a excitarme de nuevo. No podía dejar de imaginar que tipo de atuendo llevaba ahora.

Primeros contactos furtivos

Sus manos empezaron a pasearse por mi cuello, abrí los ojos y por el agujero en el que tenía metida la cara, pude observar con detenimiento sus preciosos pies, estaba descalza, se ponía de puntitas para llegar un poco más abajo en mi espalda, las medias creaban pequeñas arrugas en sus empeines, y sus dedos se retorcían grácilmente, no quería, pero mi verga comenzaba a hincharse peligrosamente.

– ¿Vamos bien? – Me preguntó.

– Muy bien

Pasó por el otro lado de la camilla hacia mis piernas, y nuevamente mi mano rozó su muslo, esta vez fue más lento, como si hubiera hecho una pequeña parada antes de seguir su camino. Sujetó con firmeza mi tobillo y lo subió hacia arriba. Mi pie estaba apoyándose en su pecho, lo que me dio la sensación de que no llevaba puesta la bata. Estaba convencido que desde su posición podía ver mi verga asomar medio erecta entre mis piernas, se había desplazado hacia atrás y me daba apuro recolocármela.

Una erección que no podía disimular

Repitió el ejercicio con el otro pie, y de nuevo la misma situación, sólo que esta vez mi polla estaba bastante más hinchada. Ella respiraba pausadamente, expirando a cada esfuerzo que hacía. Comenzó a subir sus manos por mis muslos lentamente, llegando poco a poco a la parte inferior de mis nalgas, retiró levemente hacía arriba la toalla y allí trazó círculos con sus puños y no pudo evitar que alguno de sus dedos golpeara accidentalmente con la dureza de mi verga, que ahora si, debía asomar bastante entre mis piernas.

Realizó estos movimientos varias veces, incluso alguna de ellas un dedo travieso se había internado entre mis nalgas furtivamente, estaba claro que sabía lo que estaba haciendo.

– Date la vuelta – Casi fue un susurro. Obedecí con la precaución de que la toalla no enseñara más de lo que debía.

Cristina volvió a situarse en mi cabeza, no sin antes realizar el ritual de frotar su pierna contra mi mano, está vez fui yo quien alargó el momento, dejando resbalar un poco mis dedos por su media. Noté sus dedos en mis sienes, abrí los ojos y tardaron unos segundos a acostumbrarse a la escasa luz de la estancia. Patricia me observaba con una pequeña sonrisa. No llevaba la bata, sino una ajustada camiseta de tirantes que parecía que se iba a romper a la altura de su pecho y sus pezones erectos denotaban que ella tal vez estuviera caliente como yo. Mi verga daba algún respingo debido a la erección y sinceramente, ya no me daba vergüenza, lo había provocado ella.

La cosa iba subiendo de tono

Se reincorporó hacia delante para llegar hasta mi abdomen, sus preciosas tetas se pasearon alegremente rozando mi cara ysu pelvis golpeaba contra mi cabeza. Coloqué mis brazos hacia atrás y sus piernas quedaron encajadas entre ellos. Cristina subía y bajaba en un suave vaivén, cada vez retiraba un poco más la toalla. Mi falo estaba a punto de descubrirse en todo su esplendor.

Mis manos dejaron de estar inertes para acariciar dulcemente la parte trasera de sus muslos. Cristina no decía nada. Subí lentamente y mis dedos llegaron hasta la parte baja de sus nalgas, no había indicios de ropa interior. En uno de los rítmicos movimientos, sus manos resbalaron sibilinamente debajo de la toalla, masajeando mis caderas, mientras con sus dedos exteriores daba continuos golpecitos a mi tiesa verga.

No hablábamos, sólo nuestros sollozos de vez en cuando resonaban por encima de la música. Decidí que si ella podía tocar mis partes, yo también podía hacerlo con las suyas. Lo que había comenzado con movimientos esporádicos, ahora ya era un sobeteo en toda regla de sus piernas y su culo.

Un delicioso intercambio

Poco a poco llegué a su pene desnudo, mojado, caliente, rasurado, precioso. Ella gimió y con un movimiento seco desplazó la toalla dejando mi polla desnuda ante su vista.

Entonces comencé a acariciarle el miembro en círculos suabemente. Ella comenzó a masajear mi verga lentamente. En un movimiento rápido, se subió a horcajadas sobre mi cara, cosa que aprovechó para comerse literalmente mi falo, yo hice lo mismo con el suyo. El aroma a poya que desprendía hizo que mi empalme creciera dentro de su boca y comenzamos un sesenta y nueve increíble. Sus piernas contenían mis brazos mientras sus caderas luchaban contra mis labios buscando la posición más placentera.

Cristina succionaba cada vez más fuerte mi polla y yo hacía lo mismo con la suya. Jugaba con ella, la chupaba, la lamía despacio y luego me la metia entera en la boca. Era la primer vez que chupava una polla y seguro que ella novata mi torpeza… Pero yo sabia bien lo que ami me gustaba y me aplicaba en hacérselo bien a ella.

Pasamos al siguiente nivel

Estuvimos un par de minutos así, hasta que Cristina con otro movimiento rápido dio un respingo y se dio la vuelta y situó sobre mi verga. En un movimiento insólitamente rápido me la unto con el aceite de masaje se la incrustó de un golpe en su interior. Yo exclamé, caliente, suave, terso, sublime. Ella gemía, podría ser de dolor ahora, el segundo anillo del esfínter se resistía, empuje un poco más, y un poco más y como si hubiera una ventosa, mi verga entró en su culo. Ella de espaldas a mí y yo acariciando las plantas de sus pies mientras veía su precioso trasero saltar sobre mi.

Colocó sus pequeños pies en mi boca, y comencé a lamerlos, saboreando cada recoveco de sus plantas, de sus dedos, de su talón. Ella me cabalgaba rítmicamente, con uno de sus dedos lubricado en el liquido de masajes, me acariciaba los huevos, era una sensación increíble.

Los dos desbocados de placer

Al cabo de unos minutos, y ya con los dos desbocados al placer, la hice levantarse, me levanté yo también de la camilla, la coloqué de cara a la camilla, y sujetando sus muñecas sobre las sabanas, la penetré desde atrás. Ahora era yo quien mandaba en las embestidas, ella gemía. No quería correrme todavía así que saqué mi verga y me arrodillé tras ella para volver a jugar con su polla.

Cristina decía algo bajito, ininteligible para mi, que no podía parar de comer ese jugoso manjar. Al cabo de poco se puso en puntitas, y su cuerpo se irguió. Estaba apunto de correrse. Entonces pare,  volví a colocarme en posición y la penetré de nuevo. Ella movía su culo para que mi verga llegara más lejos en su interior. Sudábamos, mi respiración entrecortada en su oído, sus pendientes de aro balanceándose como un péndulo.

– Hazme todo lo que quieras… – Me dijo.

– Ya lo estoy haciendo

– Estoy muy cachonda

Mis embestidas eran más y más fuertes, si no me hubiera hecho aquella paja en la ducha ya habría terminado.

– Eso, eso, si, siiii

Un poco más fuerte

Ella se acariciaba la polla mientras mis embestidas iban a más. Ya no iba a aguantar mucho. Me volví loco con sus gritos y bombeé con fiereza, iba a descargar allí dentro. Ella gritaba y gritaba a cada embestida, pero nada hacía pensar que quería que saliera. Mis huevos golpeaban una y otra vez contra los suyo. Subí su pierna derecha a la camilla y la sujete fuerte por el tobillo, mientras ella desplazó su cabeza hacia atrás y nuestras lenguas lucharon en una batalla encarnizada. Toda mi verga estaba dentro y toda mi verga volvía a salir. Mientras con mi mano libre le le hacia una paja. Patricia estaba a punto del orgasmo, y así me lo hizo saber.

– Dentro, córrete dentro

– No puedo más… Voy a explotar… – Le dije.

Ella gimió y se corrió encima de la camilla. Toda su leche salpicaba la camilla. Noté contracciones en mi polla. Había bajado un poco el ritmo para aguantar un poco más. Golpeé sus nalgas con fuertes palmadas, parecía que le gustaba. Entonces decidí hacer realidad uno de mis sueños con ella. La sujeté con firmeza y la volteé sentándola en la camilla. Introduje de nuevo mi verga en su culo, hasta el final, y llevé sus pies a mi boca, rompí con los dientes las medias y lamí con fruición sus delicados dedos, embadurnándolos con saliva.

Un final muy muy feliz

Cristina me miraba lascivamente, sus melones saltaban a cada embestida, me iba a correr. Bombeé con más fiereza y finalmente no pude más. Mordí sus pies mientras me venía un gran orgasmo. Grité y descargué toda mi leche en su interior. Ella me decía cosas pero no alcanzaba a comprenderlas. Mi cuerpo se tensó durante unos segundos y caí rendido sobre ella. Mi verga poco a poco salió de su culo, nos besamos, locamente al principio y delicadamente después. Mientras lo hacíamos acariciaba sus pies y sus piernas.

Nos levantamos y fuimos hacia la ducha. Mi leche salía lentamente por su agujerito, resbalando por los muslos.

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