El socorrista y la travesti

Llevaba ya un par de veranos de socorrista en una piscina al aire libre en Barcelona. Así que me habían cogido confianza y ya sabéis lo que se dice: Donde hay confianza da asco.

Me habían sacado una copia de las llaves y tanto el de mantenimiento cono la de la limpieza aprovechaban para largarse a su hora o media hora antes y dejarme a mi con el marrón de echar a los remolones y dejar todo cerrado.

Yo no es que fuera Schwarzenegger en su época de culturista pero no estoy mal del todo y con el bañador tipo bóxer rojo y ajustado si que he recibido alguna proposición indecente.

Pero es el trabajo al fin y al cabo y no me parecía bien abusar de esa posición, aunque mas de un teléfono me guardé por si acaso y hasta hice uso de alguno de ellos, sobre todo si la chica o el chico estaban bien. A caballo regalado…

Esa tarde el calor había sido agobiante y a la hora cerrar seguía apretando. Había habido poca gente pues la mayoría cambió el agua por el aire acondicionado de los bares o puede que algún encuentro deportivo en la televisión.

Se hizo la hora de cerrar, eché el tranco a las puertas y empecé la tradicional ronda no me dejara a nadie encerrado en los vestuarios o los baños, o dormido en el césped como había pasado alguna vez.

Cuando llegué a las duchas de las chicas se oía el ruido de agua corriendo. Pensando que alguien se había dejado un grifo abierto entre para cerrarlo sin darme cuenta de dar una voz para avisar de mi presencia.

Y entonces me llevé la mayor sorpresa de mi vida.

Una larga melena cobriza como ala de cuervo tapaba la mitad de una espada bronceada y bien torneada. Sus brazos levantados removían ese cabello con el champú. Donde esta terminaba un culo perfecto duro y respingón y blanco debido a la pequeña braguita rosa del bikini me la puso dura casi de inmediato. Y para terminar los largos y ahusados muslos también con un bonito color bronce, las pantorrillas finas y unos tobillos delicados.

La maldita puerta chirriaba como si estuviera instalada en un castillo medieval. Así ella se enteró enseguida de mi presencia, si no me hubiera deleitado mas tiempo en esa visión celestial.

Al oír el ruido de la puerta ella giró la cabeza luciendo una bonita sonrisa. Me deshice en escusas aduciendo que pensaba que no quedaba nadie. Pero a ella no pareció importarle mucho mi interrupción. Mis pies parecían clavados al húmedo suelo impidiéndome avanzar pero también retirarme y darle privacidad.

No podía apartar los ojos del bonito espectáculo que se desarrollaba ante mí. Por fin con una voz sensual y algo ronca ella me contestó diciendo:

– No importa. Termino enseguida. No quiero molestar.

Yo le dije:

-¡Oh! No. Para nada. No molestas en absoluto. No tengo ninguna prisa. No tengo nada que hacer después.

La verdad. Allí clavado y mirándola enbobado la frase habría sido digna de cualquier pervertido.

Efectivamente viendo algo tan precioso cualquier otra cosa que hubiera tenido que hacer en cualquier otro sitio se me había olvidado de inmediato.

Su sonrisa me pareció que se volvía mas picara. Y sus manos mas sensuales, sinuosas, recorriendo su enjabonada piel perfecta. A la vez que mi polla aun mas dura. Ella le echó un buen vistazo a mi pubis dándose perfecta cuenta de mi estado erecto y bien marcado en el bañador ajustado. Y no pareció importarle pues continuó con su faena.

-Disculpa mi tardanza pero no podía ducharme tranquila con las demás señoras por aquí.

Me dio como explicación.

-¿Y eso?. No me parece que tengas ningún problema, de hecho todo lo contrario, me pareces perfecta. Ni tampoco que seas muy tímida.

Respondí siguiendo en mi afortunada linea de pervertido que solo suelta tonterías.

Para contestarme se giró del todo hacía mí con lo que todo quedó claro. De entre sus piernas, marcada en la reducida braguita, una polla casi tan grande como la mía asomaba su glande por la cinturilla, circuncidada y dejando ver su pubis bien depilado. Sus tetas cónicas y duras, sin sujetador, apuntaban en mi dirección con dos pezones oscuros y a lo que parecía excitados.

Su vientre plano y bronceado en contraste con la piel mas clara de sus pechos me decía que durante la tarde había estado usando el sujetador rosa de su bikini que ahora estaba colgando de una percha a un lado de la sala.

La pregunta pertinente en ese momento era: ¿Como es que yo no me había fijado en semejante monumento?. Dejando aparte el grupo de jovencitas con bikinis microscópicos que había estado atrayendo mi atención buena parte del día, en algún momento tendría que haberme percatado de su presencia. Por muy discreta que hubiera intentado ser.

Ya no tenia remedio, en cambio ahora ella me permitía deleitarme con la contemplación de sus evoluciones lavatorias sin ponerle ni un pero a mi presencia.

A mi también me vendría bien una ducha pero con agua bien fría a juzgar por mi estado. -me llamo Vanessa. Me dijo con su voz ronca. -Y yo Marcos encantado. No estaba muy convencido que acercarme para darle dos besos fuera lo mas adecuado dado nuestro estado: El de relativa desnudez y el de ambos de empalme. Pero ahora parece que mis pies si que colaboraron y se empezaron a mover solos en su dirección.

Sentí una corriente eléctrica recorrer mi columna cuando sus pezones, duros como guijarros, rozaron la piel de mi pecho, y al notar en mis labios la piel tersa de sus mejillas como si nunca hubiera tenido barba. Luego me explicó que había empezado pronto con las hormonas. -¿Seguro que no queda nadie mas que nosotros?¿No quieres aprovechar para ducharte conmigo?. -No, no queda nadie, he comprobado le demás vestuarios y creo que eso será una buena idea. Sobre todo si pones el agua fría. Contesté sonriendo, -si a ti no te importa, claro. -¿necesitas ayuda? -creo que puedo yo solo. Y uniendo la acción a la palabra arrojé mi bañador encima de su bikini en la percha.

Para entonces mi polla apuntaba directamente hacia ella y la suya, asomando completa por encima de la braguita incluidos los suaves huevos, se había puesto perpendicular al resto de su cuerpo. En ese monto ella decidió deshacerse de la inútil prenda bajándola por sus largos muslos. En cualquier otra otra esa maniobra la habría hecho parecer patosa, pero lo hizo en un movimiento lleno de sensualidad, moviendo la cadera de lado a lado. Ni se molestó en colgarla, quedó allí en el suelo mojándose.

– ¿Te enjabono la espalda? Me preguntó.

No pude mas que asentir a su amable ofrecimiento y pronto noté sus manos masajeando mi espalda. Y su glande rozando mis nalgas de vez en cuando, lo que no me molestaba. Sus manos eran firmes pero a la vez tiernas y esa caricia me estaba poniendo al borde del orgasmo. Aún fue peor cuando pegó sus tetas a mi dorso y se frotó con mi cuerpo, creo que notaba sus pezones por todas partes, y lo que no eran los pezones.

Continuara…