Bienvenida al gimnasio

Decidida a perder unos quilos

El pasado viernes me levante con la ilusión de salir a pasear con unas amigas, y cual fue mi sorpresa desagradable al ver que un pantalón comprado tan solo hacía una semana, no podía abrocharlo. –¡Oh no! no, esto no puede ser– clame mirando al techo. Entonces me llene de una tirria inmensa y me prometí darle una pronta solución al asunto…

–Voy a controlar mucho más la cantidad y tipo de alimentos que como, pero además pienso matricularme en un gimnasio este mismo fin de semana– Hablaba conmigo misma, mientras me agarraba parte de la cintura y me observaba ante el espejo, de pie en mi habitación.

Me apuntaría a un gimnasio

El sábado me dirigí al gimnasio más cercano a mi domicilio, justamente ubicado en la manzana contigua a la finca donde resido. Allí me informe de las diferentes actividades ofrecidas, así como de los horarios en que se impartían las clases. Había algunas restricciones por el COVID-19, pero no me parecieron un problema, al contrario. Se limitaba el aforo y había que pedir cita previa, con lo que prácticamente tenias al monitor solo para ti como una clase particular. I eso me parecía genial…

Y sin perder tiempo, me matriculé, pagué la cuota que me daba derecho a utilizar todas las instalaciones y también a recibir clases de diversas disciplinas. Pero llevaba tanto tiempo sin practicar ningún tipo de ejercicio y me encontraba con la autoestima tan baja. Que no me atrevía a decidirme en que horario aparecer con mi ropa deportiva e iniciar alguna actividad. Así que pospuse mi decisión para el día siguiente, el domingo que me parecía un día de menor actividad en el gimnasio, por lo que me encontraría menos personas y sufriría menos la sensación de ridículo que me atosigaba.

Primer día en el gimnasio

Llegó el domingo, me levante mentalizada, con energía y me preparé la bolsa con todo lo necesario para dirigirme al gimnasio. Cuando llegue pasé mi tarjeta de miembro y pasé el torno, para ir al vestuario, en donde no había nadie. Eran las diez de la mañana. Ssupongo que hay poca gente a la que le apetezca ejercitarse un domingo a las diez, pero necesidad de sentirme bien conmigo misma. Superaba cualquier inconveniente, cualquier pereza que pudiera surgir. Y el hecho de estar sola, todavía me animaba más a empezar la actividad.

Primero me iba a pasar por la sala de máquinas, a ver la distribución y comprobar que tipo de ejercicios podía practicar. Era una sala de gran tamaño, y tan solo había una persona, alguien que divisaba al fondo de la sala, sentado en un banco, portando una pesa en cada mano y elevando los brazos al unísono, mientras resoplaba con una respiración potente.

Un festival de músculos en movimiento

Me fui acercando sigilosamente, no con la intención de causar sorpresa, sino debido a mi timidez. Y porque no también decirlo, por disfrutar de aquel festival de músculos en movimiento. A cada paso que avanzaba, aquel hombre parecía multiplicarse en tamaño, movía sus brazos como si de un pájaro alzando el vuelo se tratara. Y aquel mecanismo perfecto de coordinación, rebosaba portentosamente una suficiencia de potencia tremenda.

Por si esas formas que creaba en cada movimiento no tuvieran suficiente relieve, el sudor que emanaba toda su piel, dotaba de un brillo aceitoso todo su cuerpo. Imagino que no estaba permitido en el gimnasio ejercitarse sin camiseta. Pero estaba claro que era un día y un horario un poco singular, así que no vestía ninguna prenda en su torso. Cada vez me encontraba más cerca de él, pero para nada quería romper la magia de ese momento. Era como una estructura de hierro, la cual subía y bajaba las pesas con relativa facilidad.

Los poros de mi piel se abrían y emanaban excitación

Parecía que el sudor de su cuerpo de alguna manera misteriosa, se traspasara al mio, pues empecé a notar como los poros de mi piel se abrían y emanaban excitación. Mi cuerpo aumentaba de temperatura, ese cuello, ese trapecio, eran susceptibles de ser mordidos. Y mis pezones parecían señalar el camino, erguidos apuntaban hacía esa ancha espalda. Mi erección era inminente cuando, él terminó las repeticiones con las pesas, las soltó en el suelo y enérgicamente se volteo.

Su cara de asombro, no era más que un reflejó de mi sorpresa al encontrar que ese macho, era todavía más impresionante por delante que por detrás. Se agachó, agarrando una toalla que rápidamente colgó en su cuello y me pidió disculpas por tener el torso descubierto. –No te preocupes– le dije, con una medio sonrisa tímida, a la vez que mi erección perdía fuerza.

Y le expliqué, que era mi primer día y no sabía muy bien por donde empezar, él se presento como el entrenador de la sala de máquinas y me dijó que me ayudaría en las pautas a seguir, en como ejecutar adecuadamente los ejercicios, entonces le sugerí empezar ya.

Un poco de calentamiento

Me explicó lo adecuado de empezar siempre con un calentamiento suave de la musculatura, así que me dijó, que repitiera sus movimientos y comenzó a girar los brazos de atrás hacia delante- Luego prosiguió con el cuello moviéndolo circularmente de izquierda a derecha y yo imitaba sus movimientos, –Así, así…lentamente– me decía. –Es importante que hagas todo el movimiento completo, y para que tengas una mayor sensibilidad, es mejor que cierres los ojos– Me recomendó.

Y acepté su sugerencia y cerré los ojos, el nerviosismo repicaba por mi vientre, el hecho de tener los ojos cerrados alimentaba mi imaginación y podía sentir sus poderosas manos sobre mis hombros, aplicando una ligera presión. Masajeando la unión de mi cuello con mis brazos, y cuando más gozaba de ese masaje virtual, me invitó a seguirle para empezar los ejercicios en una máquina de pectorales, – ¡ lástima !- pensé y lo seguí, mientras le miraba fijamente los gluteos, como mientras caminaba provocaba una danza difícil de resistir, era algo que mientras se ejercitaba con las pesas, no había podido observar.

Un suave masaje y no pude evitar insinuarme

Al llegar a la máquina de pectorales, se sentó y explicó, como debía realizar los movimientos y como coordinarlos con la respiración. Tan solo viendo como esa fiera resoplaba, para enseñarme de una manera exagerada como respirar, mi cuerpo se encogía, mi corazón se aceleraba y mis pupilas se dilataban. La tensión en ese momento era importante y no pude evitar insinuarme, así que me acerque hacía él, presentando mis senos a muy poca distancia de su cara.

Él sin elevar la cabeza, solamente con alzar la mirada, me dio a entender una pregunta: ¿Me estás ofreciendo lo que creo? Yo comprendí que no le ofendía mi gesto. Que mi invitación le sorprendía pero a la vez le agradaba. Así que decidí que mis pechos lo arrollaran sutilmente.

Él acepto la invitación con gusto

Él acomodo su cabeza entre mis senos y besándolos con cierto descontrol, soltó los puños de la máquina y me agarro fuertemente el culo- Lo masajeaba duramente, mientras su lengua lamía y relamía el ovalo marcado de mi pezón izquierdo. De ahí pasaba al derecho y yo para no perder el equilibrio por la fuerza con la que me trataba, apoye mis palmas sobre sus pectorales de cemento, que me ofrecían una gran estabilidad.

Mi rodilla empezó a rozar ese short de forma piramidal. Lo estimulaba mientras nuestras respiraciones y el jadeos de excitación iban en aumento. Cuando ya había probado la asfixia entre mis pechos por unos minutos, posó sus fuertes manos en mis caderas y nos besamos apasionadamente. Mientas tanto yo le acariciaba la polla con la mano por fuera del short. La tenia completamente dura y yo estaba deseando quitarle el short y poder contemplarla por fin.

Entonces él se incorporo quedando su paquete a la altura de mi cara. Si pensarlo dos veces le baje el short dejando su gruesa polla erecta justo delante de mis ojos. Empece a besarla y darle suaves lametones pero él enseguida agarro mi cabeza empujándola hacia delante haciendo que me la tragara entera. Se la estuve chupando durante unos minutos. Era deliciosa y yo lo estaba disfrutando tanto como el. Los dos estábamos excitadisimos. Mi polla estaba tan dura que me dolía por la presión con mis braguitas y mis mallas…

Mi escapatoria era tan imposible como indeseada

El que se había dado cuenta, hacia rato que me estaba acariciando con su rodilla. I eso no hacia más que aumentar mi excitación.

En ese momento, con la misma fuerza de un animal, me lebantó y forzó a ponerme de espaldas a él. –Quiero follarte– me dijo. Y con un enérgico tirón, me bajó las malla y el tanga. Con su mano agarro mi polla y empezó a masturbarme suavemente. Mientras iba introduciendo suavemente el glande en mi ano. Primero con cuidado, hasta ver mi predisposición para aceptar una embestida mayor. Entonces me penetró potentemente mientras me obligaba con sus brazos a sentarme sobre él.

Mi escapatoria era tan imposible como indeseada y el seguía manejando mi cuerpo como si fuera una muñeca ligera. Mientras me penetraba introduciendo toda su polla en mi culo, no paraba de masturbarme, alternando una mano y después la otra. El placer era indescriptible y los pocos minutos no pude evitar sucumbir y correrme abundantemente sobre el suelo del gimnasio.

Hasta el final si aflojar el ritmo

Él no aflojaba el ritmo. Era evidente que estaba en forma. Arriba y abajo golpeando mi culo sobre sus muslos, llenando el vacío del gimnasio con el sonido de nuestras carnes chocando. Después de que yo me corriera, él se incorporo, poniéndome a mi de rodillas sobre una de las máquinas del gimnasio. Y en esa postura empezo a aumentar aún más el ritmo de las embestidas. Era su momento, quería correrse dentro de mi y no me iba a liberar de su abrazo hasta conseguirlos.

Siguió así durante unos minutos más, follándome sin piedad y proporcionándome un inacabable placer. Así hasta notar que a la misma vez que sus manos perdían fuerza, el volumen de su gemido se hizo voraz, era evidente que me estaba regalando todo en el interior.

Agotada me recosté hacia atrás, sobre su duro cuerpo y suspiré, mientras pensaba: ¡¡¡Vaya bienvenida al gimnasio!!!.

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